(Las ciudades)

Felicia

Si caminas por el desierto, es posible que te deslices por Felicia, la ciudad subterránea. Sólo encontrarás allí a otros viajeros que como tú, desean apagar la sed acumulada en el camino. No hay habitantes en Felicia, no hay peces, no hay balcones ni mujeres. Existen, sí, dos ríos amarillos que nunca se cruzan y una cascada que cuelga de la colina más alta. El agua es tan liviana y refrescante que no necesitas más que un par de sorbos para sentirte satisfecho.
Pero Felicia tiene una trampa: una vez descubierta, no se puede regresar jamás. Los que reinciden en beber de su agua son trasladados al sótano de la ciudad subterránea donde el diablo amasa sus fogones.
Por eso los viajeros del desierto le temen a Felicia, y prefieren caminar mirando al suelo para asegurarse de no caer en el pozo camuflado por la arena que invita a entrar en el oasis.

 

Milenia

Dicen que en Milenia los recuerdos están divididos por una vereda: en una orilla viven los hombres memoriosos, y en la otra los que nunca recuerdan.
La calle que hay que cruzar para unir ambos mundos encierra distintos peligros: un dragón en erupción que amenaza con llenar de lava a los habitantes, un grupo de cuchilleros que amedrentan a los niños con quitarles las figuritas, una mujer muy bella que enamora a los transeúntes casados, y miles de serpientes que se arrastran entre los pies de la gente para pedir limosna.
Los memoriosos de Milenia no intentaron nunca alcanzar la vereda opuesta. A ellos les basta con el recuerdo. Cuando la nostalgia los tienta a cruzar la calle, la memoria hace un repaso minucioso que recorre sus jardines colgantes, el color de los techos, el sabor de las naranjas y el perfume a pescado que emana de sus calles.
Para los que no tienen memoria, no es problema cruzar la calle ya que nunca recuerdan los peligros que existen, y entonces es común verlos, enredados entre culebras vagabundas, demorando días en llegar hasta la otra vereda tan sólo para pedir una receta de cocina, o averiguar si falta mucho para carnaval.

(Los sueños)

La sirena
Ni bien apoyo la cabeza sobre la almohada, una sirena sale corriendo desde el cajón de la mesa de luz. Del apuro que lleva no se percata de que la observo, incrédula, al reconocer dos piernas desnudas y esculturales y el pecho cubierto de brillantes escamas.Los amantes
Sólo cuando sueño me atrevo a revisar los cajones.
Sigilosos, aparecen desde el fondo los amantes lejanos que fui perdiendo en la escuela, el colectivo, el parque.
Aún me recuerdan con cariño: me abrazan, me tocan, me muerden, me besan, me acarician, y yo me entrego de cuerpo y alma y gozo de aventuras inconclusas aprovechando la clandestina negrura de la noche, donde sé que mi marido no podrá encontrarme.Rumbo a París
Prendida de la cola del último barrilete que despega a París, me despido de los peces que me arrojan burbujas y me hacen juegos de luces con los rayos de sol que refractan sus escamas.
También me saludan los piratas y los tiburones, los pulpos, los cangrejos y las medusas.
Y los niños abren sus bocas, llenas de asombro, al ver una
ballena que pende de un hilo volando por los aires.

 

Fogata musical
A medida que las toco, las teclas del piano se prenden fuego. Comienza el
incendio con una tímida llama de fa, y luego se extiende por la inmensidad del pentagrama. Al terminar el concierto, la habitación es una bella fogata musical y los contertulios desfallecen, asfixiados por el humo de corcheas y fusas.

Las Grietas

Si viajas a Comala, ten cuidado con las grietas. Desde hace algún tiempo, el suelo quedó arrugado de inmensas fisuras que van de Norte a Sur y que sólo Dios conoce sus profundidades.
No fue por los terremotos. Dice Pedro que es un castigo. Que las grietas están atiborradas de muertos y que desde los fondos se oyen largas conversaciones de ultratumba.
Pedro es quien construye los puentes, de Este a Oeste, para atravesar las grietas.
Si viajas a Comala lo reconocerás de inmediato. Es el único habitante. Se empeña en unir las heridas de la tierra con cañas y barro para cuando lleguen los turistas.

La puerta del sótano

Al despertar, Irene cuenta el sueño: comienza a describir una cocina, que creo que es mi cocina, y la existencia de una puerta mágica, sobre el suelo, bajo la ventana.
La puerta da a un sótano al que se asciende volando, o cayendo, supongo, porque insistió en que no había escaleras.
Una vez adentro la puerta se cierra, y el visitante, en este caso Irene, no sabe si podrá regresar a la cocina, a la vida real, que en verdad no es real, porque es la que ella sueña.
En el mundo del sótano, el cielo es azul, sin embargo Irene no recuerda haber visto el sol. Sabe que allí hace frío, y que el cielo es azul, muy intenso, y que la noche no existe, porque ella ha pasado horas en el sótano y no ha visto aparecer ninguna estrella.
En la inmensidad, se distinguen dos cosas: una flor amarilla de pétalos pequeños, y el mar.
Desnuda (desde el momento que entró en el sótano no lleva ropa) se sumerge en el mar, que es el mar de siempre, el que ella conoce pero no puede avanzar. Intenta nadar, y pronto advierte que el agua no es agua sino arena. El mar desaparece y entonces una playa vasta, dorada, ocupa toda la superficie.
La rodean cadáveres de peces. El aire se espesa. Irene no soporta la pestilencia, se asfixia, se siente morir. Busca la puerta, y sólo hay un siniestro cielo azul. Cielo, arena y peces muertos. Y un ángel, que aparece de la nada, con la flor amarilla atravesada en su esqueleto, batiendo sus alas de plumas de gallina.
El esqueleto-ángel le indica el camino para regresar. Irene logra ingresar a la cocina a través de la única nube que cuelga del paisaje.
Respira aturdida. Se ha salvado. Tiene apetito, ya no recuerda la hediondez del sótano.

Con la naturalidad de siempre, abre la ventana de la vida real y prepara un huevo frito.

LAS PLUMAS

1
Mientras hacía la limpieza, como todos los sábados, Estela encendió la radio y la subió al máximo volumen. El locutor de la mañana tenía una voz tan aguda y penetrante que los sábados se tornaban una pesadilla para los Álvarez que hacían fiaca en la cama.
Estela comenzaba por la cocina. Lavaba los platos sucios del viernes a la noche, dejaba brillantes las hornallas, repasaba con lustra muebles la mesita y las alacenas, barría absolutamente todos los rincones, y después pasaba el trapo de piso unas cuatro o cinco veces. También se subía a una escalerita y sacaba las telarañas. Para terminar, un poquito de desinfectante y un pshh de Raid. En veinticinco minutos la cocina quedaba impecable. Era un espacio bien amplio, con azulejos blancos, techo no muy alto, muebles de madera oscura, y una gran ventana que daba al patio y absorbía toda la luz de la mañana.2
Ese sábado, quizás aprovechando los primeros aires cálidos de la primavera, Estela abrió una hoja de la ventana. “Donde entra el sol no entra el doctor”, murmuró, y en el momento en que se daba vuelta para buscar una gamuza sintió un golpe seco detrás suyo, en el vidrio, que quedó retumbando por unos segundos.
Giró la cabeza instantáneamente y alcanzó a ver una sombra. De inmediato se acercó a la ventana, sacó medio cuerpo afuera, miró hacia todos lados, y no vio nada. Estaba segura de que algo se había estampado; además el vidrio estaba marcado y tenía una pequeña fisura. Tal vez un pájaro... Tal vez una piedra... Pero no vio a nadie.
Estaba asustada y el corazón le latía como nunca. Apagó la radio para escuchar mejor. Se apoyó contra la pared y volvió a mirar todo.
Fue entonces allí cuando se dio cuenta, felizmente, que se trataba de un pájaro.
“Menos mal”, pensó aliviada. Respiró hondo, soltó el aire de una sola vez y fue a juntar unas plumas que vaya a saber cómo, cayeron al lado de la salamandra.3
Eran dos plumas largas y suaves: una gris y una blanca. Seguramente eran de un pájaro muy grande. Medían más de quince centímetros.
Estela las juntó sin sospechar, pero ni bien las miró con más detenimiento se agitó nuevamente y ante la desesperación de sentirse sola, o de que tal vez alguien la estuviera espiando, volvió a encender la radio.
El locutor seguía hablando del asalto al banco. Puso el volumen más fuerte. Una señora opinaba sobre la poca seguridad en las calles, y después la voz del comisario que respondía a las preguntas del locutor con una sola palabra: “afirmativo”.
“Afirmativo. Afirmativo. Afirmativo”, pensaba confusa. “No estoy loca. Estas plumas tienen un mensaje. Afirmativo. No estoy loca, si estoy viendo con mis propios ojos que estas plumas están escritas. Algo dirán, yo no estoy loca. ¿Pero qué pájaro tendrá las alas escritas? Encima con esta letra tan desprolija que no se entiende nada. ¡Qué cosa más rara! Parece otro idioma. Seguro que es inglés ”.
Estela dejó las plumas sobre el mesón, bien visibles, para ver si alguien las podía traducir cuando las encontrara.
Ya más tranquila, pensando acaso que algún pájaro pudiera tener las alas escritas, siguió limpiando el living y trató de olvidarse del asunto.

4
Después de las nueve de la mañana cuando los Álvarez ya habían desayunado, Estela volvió a la cocina a buscar la lavandina para desinfectar el baño. Entonces se acordó de las plumas.
Sintió un escalofrío cuando observó que ya no estaban.
“Mejor”, se dijo, “seguro que el Guillermito las tiró a la basura”. Y no se equivocaba.
Las plumas escritas estaban en la basura, mezcladas con yerba, cáscaras de naranja, restos de pollo y otras porquerías. Las vio tan sucias que no se animó a sacarlas.
“A la mierda, ahora que se las lleve el basurero y sanseacabó. Qué tanto problema por dos plumas locas”.

5
Y el ángel, que de tan torpe se golpea en las ventanas y va perdiendo las plumas en sus caídas, todavía no se atrevió a golpear la puerta de los Álvarez para reclamarlas.
Sabe que es allí donde las perdió y sabe con exactitud cuáles eran: una gris y una blanca. Precisamente las dos plumas que revelan los misterios más bellos del mundo.

CÓMO SOPORTARLO

Tieso, con la mirada perdida en el ángulo de la pared, el chancho esperaba su alimento.
Casi acalambrado, con la cola en pose de “pido gancho” su eternidad se deshilachaba a medida que huían los meses del almanaque.
Enero, febrero, marzo. Y el chancho engordaba en centavos de austral. Abril, mayo, junio. La crisis invernal lo hambreaba. De julio no tenía noticias, siempre se lo salteaban. Agosto, septiembre, octubre. Los refrigerios eran escasos. ¡Por fin llegaba diciembre! El vuelto del aguinaldo era todo para él. Qué manjar.
Y así sucesivamente. Su vida estaba dividida en once meses desabridos y un aguinaldo que tardaba en llegar.
A medida que el tiempo transcurría y se hacía cada vez más pesado, su carne sabía a vacaciones en el mar. [Qué barbaridad. Cuánto egoísmo] Nadie veía su auténtica condición de chancho. Fatalmente le habían asignado un destino de alcancía.
Sus ojos (pequeños y redondos como dos monedas de cinco centavos) presagiaban con angustia el cruel sacrificio que los ahorristas habrían de perpetrar. [Avarientos. Inhumanos. Asesinos de chanchos]
Sabía que la ranura de su lomo estallaría en mil pedacitos cuando hubiera engordado lo suficiente. Presentía que el único billete de cien que custodiaban sus cuadriles se transformaría en cervezas, souvenires, choclos con manteca, o lo que es peor, una alcancía extranjera con forma de cebra o de pescado.
A veces pensaba en los otros chanchos. Ellos tenían mejor suerte. Qué desdichado era. Hasta el suicidio le era absurdo en semejante condición.
Finalmente, llegó el día de la ejecución. [A cada chancho le llega su San Martín] Fue en diciembre, el mes de los chanchos.
Con la frente alta la más digna actitud en estos casos y sudando gotas gordas de amargura contenida, recibió el primer y único golpe.
Sintió cómo la ranura se le abría provocando un abismo inconmensurable y sus nalgas se separaban dejando escapar el billete de cien. Oyó el delicioso sonido de las monedas que cayeron pesadas sobre la mesa mezclándose con su grasa de cerámica. Todavía en pie, con las pezuñas delanteras clavadas en el mantel, hizo un esfuerzo para no gritar como chancho. Vio las miserables expresiones de satisfacción en los rostros de los asesinos. Contaban cada centavo, formando pilas por categorías, en una carrera ansiosa y desenfrenada.
Dos lagrimones corrieron por sus mofletes rosados. [Avarientos, inhumanos, asesinos de chanchos] Estaba indignado. Sabía que su preciado lugar en la repisa sería ocupado luego por el portarretratos con la foto de las vacaciones en Brasil. Cómo soportarlo.

ÚLTIMA JUGADA

(Bar La Nube. Siete de la tarde. Cuatro extraños juegan a las cartas mientras beben vermut. Una música de tango triste viene desde la cocina).

_ Envido, carajo! - dice el ángel Colorado pegando un puñetazo sobre la mesa.
_ Real envido - replica el ángel Negro, animado por la oferta.
_ Falta envido, y que canten los valientes... si es que han venido a jugar! -intimida el ángel Colorado, que de impaciente se le vuelan unas plumas.
_ Quiero... -contesta nervioso el ángel Negro (paradójicamente pálido).
_ La mano comienza -sentencia el ángel Rubio señalando a su compañero, quien ya más humildemente contesta: -Veintitrés.
_ Veintinueve- canta el ángel Negro lanzando una mirada cómplice al inmutable cuarto participante.
_ ¡Ja! ¡Treinta y dos! - grita el ángel Rubio creyéndose ganador del partido, y dando un salto de alegría tira la mesa al suelo haciendo un revuelo de naipes, porotos y plumas que logra perturbar la sabia paciencia de quien todavía no ha jugado.
_ 33 son mejores- dice Dios secamente, mientras empina el último trago de la copa.
Y nadie se atreve a pedirle que muestre los puntos.

INEXORABLE

Ante la mirada impávida del público, el actor se desabotonó la piel dejando sus vísceras al descubierto.
Desesperado, comenzó por desgarrarse el estómago y arrojarlo luego hacia los energúmenos de la última fila. Inmediatamente después, arrebató sus riñones con delicado placer y los proyectó hacia el palco con gracia circense, delineando una austera huella de sangre en el piso.
Con la firme actitud de un desquiciado, procedió a quitarse los intestinos, los pulmones, el esófago y todo lo que palpaba dentro del enorme agujero rojo.
El público aplaudía fascinado y pedía más. Entonces, se desprendió una a una las vértebras y las colocó ordenadamente a su alrededor formando un círculo.
Cuando no hubo más que arrancar y el público, excitado, escupía babas verdes y azules, el actor tomó su corazón, que era lo único que quedaba intacto, y lo partió en dos como si fuera una naranja. Riéndose a gritos desparramó por el escenario la mierda que había acumulado durante las funciones.
Extenuado, logró abotonar nuevamente su cuerpo, y con el último suspiro intentó una cordial reverencia para indicarles, acaso hubiera algún pretencioso presente, que la función había terminado.

EL CAZADOR DE TESOROS

Bajo un sol de castigo, navega el río Catatí. Busca al cazador de tesoros.
Ha recorrido un camino pesado. Lleva en su morral los viejos sudores y la esperanza a punto de marchitársele. Sabe que el tiempo lo persigue; lo espía, escondido entre los árboles.
Cansado, con los hombros vencidos por el sueño, decide reposar unos minutos. Y los minutos se convierten en horas, y las horas traen de la mano a la noche.
Se despierta asombrado. En la espesura del paisaje no puede leer las estrellas. Sin embargo se siente alentado, como si en su sueño hubiera encontrado algún indicio que lo acerque a su búsqueda. Una corazonada.
El hombre sonríe, brillan sus ojos, laten sus manos.
Sigue junto al río, sentado sobre el suelo húmedo. No siente frío, no le teme a las bestias. Espera pacientemente que algo suceda.
Y sucede.
Por el sendero ve a lo lejos unas lucecitas que se sacuden al ritmo de un tambor. Se acercan, acompasan el ritmo tímido del agua.
Es el cazador de tesoros que viene cantando. Vestido de negro, con una máscara que cubre su cabeza y un tambor que cuelga del cuello. En cada una de las yemas de sus dedos tiene encendido fuego.
El cazador se acerca y lo saluda con una danza. Luego abre el tambor y le muestra lo que guarda dentro: los tesoros del bosque, la lluvia de la tarde, las sombras de las bestias, las caras de la luna.
Maravillado, como quien ha esperado largo tiempo el milagro, siente que su alma se desvanece, se le escapa como un suspiro y se cobija también en el tambor, saludándolo enloquecida junto a los demás tesoros.
El cazador bendice sus manos, y de los dedos del forastero comienza a florecer el fuego.

VUELO DE NOVIA

Como a un pájaro al que recién se le ha dado libertad, María vuela.
Desde el balcón del nuevo castillo de muñecas, su ilusión se escapa desenvolviendo enormes alas de flamenco. Y comienza el sueño tantas veces soñado, de la eterna felicidad en pantuflas y del verde jardín de césped recortado. Vuela por la inconmensurable bahía de los platos de loza blancos y por los mares de sábanas de seda plateada. Pasea por callecitas de veredas algodonadas y se trepa al subte de la canción etérea, donde los subtenautas corean el estribillo de Dorada Juventud disfrazados de hadas madrina.Sobre el manto de tul que recubre su cabeza de novia, un pájaro se posa a descansar, interrumpiendo el breve suspiro de magia. María maldice al ser alado, y él, en cambio, afirma sus patas con decisión en su cabello lacio, arreglado con corona de pequeñas flores blancas. “Pajarracos de mal agüero”, pronuncia, mientras el ave de pico sutil eleva su vuelo, dejando como huella ineludible de la visita, un excremento blanquinegro en su cabeza rubiarojiteñida.
María desborda de furia y maldice nuevamente al pájaro, y un poco más conforme que antes, agradece al Santísimo porque su vestido blanco no se manchó con la cagada, y llora con desesperación, y da patadas al aire y puñetes en el balcón de enamorada, y viéndose atrapada en una horrible telaraña que le aprieta el vientre, los pulmones, y los zapatos de novia, se arroja desde las alturas, en un último vuelo, como el de un pájaro al que se le ha dado recientemente la libertad.Desde las alturas, San Antonio le guiña un ojo cómplice que acompaña la caída libre, y a su paso –siempre en picada- la virgen de Guadalupe regaña a los angelitos que dicen palabrotas en el oído de Cristo, inútilmente crucificado.
Luego de un aterrizaje exitoso, María cae de pie en el altar de la iglesia en el momento exacto en que el novio amado dice que sí, que sí quiere, y María responde aliviada que ella sí, también.EPÍLOGO

Mientras la lluvia de arroz saluda a los novios después del heroico recorrido por la alfombra roja (alquilada especialmente para el evento) un auto antiguo, con un gran moño de ribonette puesto de sombrero, espera en la vereda. Los novios se acercan, abriéndose paso entre las cariñosas felicitaciones de suegros, tíos y primas de peinados vaporosos. Antes de subir, María siente un tibio golpe en el hombro; un disparo certero, una mancha fatal. Un pájaro inoportuno ha cagado su vestido blanco.

LOS VAMPIROS

Sabían que el amanecer los traicionaría, una vez más, con su ingrata puntualidad.
Por eso no desperdiciaron los milímetros de la noche.
Afilaron sus colmillos para renovar su sangre. Absorbieron caricias y besos. Bebieron el sudor de la piel extasiada.

Cuando el sol los encandiló, estaban desplomados en las sábanas, muertos de placer.

prosA
palabrA
corazóN
menÚ
prosA
palabrA
corazóN
menÚ